Lo veo ahí acostado y decido al instante y de antemano que el tipo no me gusta. Es apenas un saco de huesos con la piel quemada, lleno de arrugas y pliegues, como un mapa en la guantera de un coche aparcado. Resopla, cuenta con los dedos, suma con la cabeza cifras escondidas en sus recuerdos, en otros pliegues que yo no veo. Abre los dedos de uno en uno, hasta diez, cierra las manos fuertemente y vuelve a empezar. Al mismo tiempo, con la navaja con la que suele pelar las naranjas, traza una y otra muesca en su mesita, pequeñas, discretas. Le observo, lleva rato haciéndolo. Me pregunto que estará sumando con tanta dedicación. Me acerco fingiendo que vengo de lejos, de donde suelen venir los desconocidos. Empuja la almohada que tiene entre las piernas y la tira al suelo, sigue hablando despacio, para sí, en un murmullo:” Dos mil doscientos veintisiete, trescientos cuarenta y dos, mil quinientos cuarenta y seis, a eso le sumo los mil ochocientos sesenta del invierno, cuatrocientos cuarenta y dos, y otra vez cuatro cientos cuarenta y dos, seiscientos ochenta- no estoy seguro- si, si, seiscientos ochenta…” Recojo la almohada, él sigue murmurando cifras: “Mil cien, más los doscientos sesenta, más otra vez doscientos sesenta -ahora no me acuerdo- si, si, ochocientos setenta y dos…” Me mira, cierra la navaja, me pide un yogur, le digo que se vaya a ordeñar a una vaca y espere, justamente ahí donde está, que espere ahí a que fermente lo blanco que salga de la ubre de ese animal, que no me venga con milongas y que me diga desde ya, qué narices está contando.

-Mi colección, estoy contando mi colección, repaso los datos -contesta convencido y sin mirarme.

-¿Y qué coleccionas viejo?

Su respuesta al parecerme acorde con su desvarío es digna de que la deje aquí escrita, más o menos como lo dijo, más o menos usando las palabras que soltó una a una y sin respiro alguno entre ellas, sin levantar la cabeza, rápido, como un insecto fugaz.

Mira engreído, todos nosotros ocupamos un espacio que se llama tierra, cuya circunferencia en el ecuador es de 110,576 kilómetros. Cumpliré setenta y seis años y desde que tengo memoria lo único que he hecho siempre ha sido moverme, de aquí para allá, en autobuses , en trenes, en barcos; a veces buscando, a veces huyendo, a veces salvándome y otras veces yendo directo hacía la condena. He viajado de país en país, de ida y de vuelta, he huido de guerras y he corrido hacía otras, a salvarme, a que me matarán, siempre en movimiento, siempre tragándome los kilómetros de esa bola enorme que habitamos y que da vueltas alrededor de otra bola en llamas, situada a ciento cincuenta de millones de kilómetros. Si, si, exacto, esa que arde sobre nuestras cabezas. Cuento los kilómetros que he recorrido en esta vida antes de que se acabe, antes de que los fusibles de mi cabeza se fundan y ya no pueda evocar las carreteras que recorrí, las estaciones a las que llegué o los puertos desde los que zarpé. Me da igual que creas que soy un viejo tarado, me da igual… eso es lo que cuento. Así, ahora me doy cuenta, al recapitular los datos de mi colección, de que aunque viviese cien años más no podría haber recorrido los 384.403 kilómetros que me separan de la luna. Entérate…estamos aquí para acumular, para coleccionar, lo que sea: nubes vistas con forma de pájaro, montañas subidas, puntos de sutura, cartas no enviadas, verdades dichas a tiempo, escaleras bajadas con un solo pie, ocasiones en las que te diste por muerto, sonrisas, abismos, amigos, número de partos presenciados, horas desperdiciadas, roturas de huesos, bocadillos de queso, lágrimas… Eso es así, pero- hizo una pausa para tragar saliva- al mismo tiempo también deberías preguntarte qué tipo de persona querría acumular unidades de cosas que no tienen valor alguno. Tal vez los que no tenemos armarios, ni garajes, ni paredes donde colgar cuadros. Dime ¿tú qué coleccionas?

Me quede tan blanco como el yogur que por lástima le acerqué, pensando qué es lo que podría haber estado acumulando yo, sin advertirlo, sin darme cuenta. Quizás también tenía mi propia y particular colección. Lo pensaría con más calma-me dije- tal vez así llegase a descubrir que tendré algo que contar cuando ya no me quede mucho para contar.

Es posible que los que no podemos coleccionar ni sellos antiguos ni arte precolombino seamos como hormigas que habitan un gran museo, lleno de prodigios y artificios que no tienen valor ninguno, que agregamos a nuestro equipaje, a nuestro baúl… a falta de anhelos más dignos. Abierto ese museo sólo en nuestra imaginación, lo recorremos de acá para allá llevando el saco de pequeños tesoros inservibles a la espalda, atareados recopilando no importa qué. Así, acumular se convierte en el mejor remedio a la locura para aquellos que, como el antipático viejo, nunca han ambicionan demasiado. No está tan mal tener algo en común con aquellos que sí tienen armarios llenos de zapatos, garajes llenos de coches y paredes llenas de cuadros.

Lo reconozco, al principio y de antemano, pensé que el viejo coleccionista era sólo un demente crónico que ya había recorrido su último kilómetro. Semanas después, cuando al fin tuve tiempo para observar las goteras del techo y reflexionar, me di cuenta de qué tal vez no lo fuese tanto. Estando ya lejos de allí, justo en el sitio al que suelen ir los desconocidos, comprendí que sea lo que sea que acumules, tarde o temprano tendrás que desprenderte de ello. Quizás, visto así y después de todo, no fuese tan mala idea comenzar desde ese mismo instante mi propia y ridícula colección. Anoto desde aquel día las veces que, cuando suena el teléfono, aún pienso que puedes ser tú.

 

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Un genio literario

Publicado: septiembre 30, 2017 en Uncategorized

¿Cómo escribí este libro? No fue fácil. Sólo arriesgué mi vida. Lo dejé todo atrás o adelante, no lo sé bien. Cerré los ojos y pasé todos los cruces sin mirar, poniendo un pie delante y otro detrás,  caminando siempre hacía el vacío. Perdí de vista el concepto de la posesión : tener cosas, tener amigos, tener comodidades, tener hambre o sed. Durante todo este tiempo, sólo tuve el afán de acabar este libro. He desatendido, desde que empecé a escribirlo, todo lo que no significase  acabar mi obra. Tengo habilidad para desprenderme de lo inservible. Perdí a todos mis amigos y ni tan siquiera los días de asueto recibía una llamada, una carta. Así pude dejar mi legado, más o menos acabado, más o menos completado. Renuncié a tener familia, a besar a mis hijos, a jugar con ellos, a verlos crecer. No pude adaptarme a ningún hogar y así deambulé de país en país, de ciudad en ciudad. Algunas veces trabajando, las más vagabundeando, de aquí para allá, sin demasiado rumbo, con una única pretensión fija en mi mente. Aprendí, sí aprendí, no lo niego. Todo lo que hice fue para llegar a este único punto: la definitiva finalización de mi obra. Aquí es donde dejo escrito lo único que en mi vida ha habido de importante. Ya soy viejo y poco más. 

Jörg Pedersen me entregó con un gesto ceremonioso un cuaderno de tapa dura con ciento sesenta y siete páginas numeradas. En él había escrita, en tinta negra, una sola palabra. Sorprendido porque me había creído su historia de escritor abnegado, pero cauto porque sí estaba allí ingresado era ciertamente por algún motivo, le pregunté- creyendo yo que así le seguía el juego-  cómo era posible que hubiese llegado a tal suprema condensación de su propia literatura, cuál había sido su fuente de inspiración. Con una sonrisa estulta y un cierto desdén que arrojó sobre mi fingido interés,  no contestó nada, ni siquiera dignó un adjetivo hiriente para que yo lo encajara.

Con el tiempo he aprendido a apreciar su talento. De hecho, prefiero su obra a las últimas novelas que han caído en mis manos y que no tengo más remedio que devorar en las largas noches de guardia. Bastante más sincera y directa que todos esos panfletos llenos de prosa mediocre de un puñado de junta letras que así llenan sus bolsillos, sin ningún mérito real. Después de todo en aquel cuaderno se escondía una verdad y no sólo el registro de su propia vida baldía. Había allí, encriptado en esas páginas huecas, algo casi sagrado, envuelto en esa absurda renuncia vital. Tal vez, después de todo, había comprendido ya demasiado tarde, que las palabras más importantes eran aquellas que nunca llegaría a escribir. 

 

Un cielo extraño

Publicado: abril 5, 2017 en Uncategorized

Tienes las uñas demasiado largas, luego te las cortamos, esa puerta debe permanecer abierta. Debes tomar tu medicación, acostumbrarte a sobrevivir, como lo hacen las cucarachas, como lo hacen las plantas en el bosque. No olvides que aquí te vamos a cuidar. Vamos a velar por que no vuelvas a hacerte daño, a protegerte. No querrás intentarlo más, ya verás. Todo irá bien y pronto tendrás tu propio futuro, lejos de este centro de salud, lejos de tus padres y de los que te agobian, podrás descansar y vivir tu vida. Ahora estás deprimida y todo lo ves envuelto en una nube gris, que te asfixia. Crees que nada vale la pena, pero eso pronto cambiará, ya lo verás, esa puerta debe permanecer abierta, recuérdalo. Lisa Adams ingresó con los brazos rajados como una ventana con persianas de plástico blanco. Salió diez días después con los pies por delante, con los brazos descosidos como un espantapájaros, después de que cerrase la puerta esa noche. Tenía trece años y una vida por delante. Ahora tiene una etiqueta en el dedo gordo del pie y frío – el frío del infierno-.

Muchacho…deberías… deberías arreglarte un poco, hazme caso, péinate, recoge un poco tus cosas. Igual has perdido la fe en todo, se que te sientes solo. No ha sido para tanto, tampoco ha sido tan duro el golpe, no cierres la puerta, quiero verte esta noche. Aquí estamos para escucharte, para que no vuelvas a hacerte daño, para cuidarte, saldrás de esta, ya lo verás. En unos meses  todo esto te parecerá una nadería, un error que casi te cuesta la vida. Ahora estás deprimido y todo lo ves envuelto en una nube gris, que te asfixia. Crees que nada vale la pena, pero eso pronto cambiará, ya lo verás, esa puerta debe permanecer abierta, recuérdalo, quiero verte esta noche, mientras duermes yo velaré por ti.  Issaka Amadou había saltado desde el tercer piso de la casa de sus abuelos, creo. Se había reventado por dentro, como una botella de vidrio en el congelador, le había quedado el cuello incrustado a la altura del diafragma. Pese a eso,  nadie pudo evitar que se dejase caer de nuevo, esta vez en el hueco del ascensor de casa de sus padres, creo. Tenía quince años y una vida por delante. Ahora tiene un nicho húmedo- húmedo como el infierno- justo en el cementerio delante del cual paso cada mañana para ir a trabajar.

La otra noche soñé con ellos, con los dos muchachos que se habían despedido de esta manera brusca del mundo. Estaban en un lugar que me pareció el cielo de los suicidas, recogidos como dos pájaros en un alambre. Allí, en aquel páramo, eran extrañamente casi dos ancianos, se conocían, se habían casado un tiempo atrás y tenían varios hijos. Conté hasta cuatro muchachos vagando sin ninguna alegría alrededor de la pareja. Aunque me acerqué bastante al banco de piedra donde estaban sentados, ellos no me vieron. No obstante, uno de los niños sí se percató de mi presencia. El más pequeño entre los cuatro, un chaval de unos once años se acercó dando pasitos cortos, como si bajase por unas escaleras que no estaban allí, me dijo, susurrándome al oído: cierra la puerta, vete ya. Al despertar, mi habitación de alquiler estaba fría y húmeda como el averno de los justos y, aunque busqué motivos para levantarme esa mañana, sólo tuve fuerzas para agarrar con las dos manos una bombilla caliente que iluminaba el sótano, donde duermo, helado. Convencido de lo real de mi sueño no pude hacer nada más que eso ese día. Estirado sobre la sábana bajera, como un muerto en una playa de licra, me quedé ahí , boca arriba, sintiendo que había estado en un paraíso cierto , pensando en ese cielo extraño: el sitio donde todas las cosas que  nunca llegan a ocurrir, existen y  perduran.

La sonrisa de Walter

Publicado: enero 8, 2017 en Uncategorized

La mujer de la limpieza miraba hacia atrás todo lo que podía. Con el cuerpo arqueado hacia donde yo estaba, chorreaba palabras agarrada a una botella amarilla de cloro, de pie, desde el lavabo. Aunque trataba de que yo la escuchase, parecía en esa posición, con una rodilla apoyada en la porcelana azul de la taza, como si sólo estuviese dando un discurso a las bacterias y al moho que allí pululaban, como si estuviese, tal vez sin saberlo, despidiendo a las legiones de virus que de ella tenían gobierno. Mientras, yo trataba de encontrar la vena de un tipo de pulmones moribundos al que le quedaba muy poco y que dormía en la cama suspirando con un silbido agudo, muy cerca del páramo a donde todos hemos de ir algún día. Estábamos en las últimas horas de nuestro turno de noche, la habitación estaba fría a pesar de que era un doce de abril.
La dama de la bata verde, a la cual yo ya había destacado como la más atractiva de las mujeres que allí limpiaban, me hablaba desde hacia un rato. Yo a lo lejos- saliendo de mi ensueño primaveral- empecé a oír su voz mojada en aguardiente de lija, sin hielo y extra seca.
“El mundo está partido en dos mitades: los pobres, como tú y yo a este lado y, los ricos como…esos que esconden sus cartas, al otro lado. Los pobres sufrimos, vivimos con miedo, un leve soplo de mala suerte nos tumba. Ahí he estado yo toda mi vida- y al decir eso puso los dos pies de una vez en el suelo como si así pudiese expeler toda su rabia por esos tobillos inflados – en esa mitad del mundo, en el filo de la ruina, haciendo equilibrios sobre las letrinas de uno u otro hospital, lleno de carne y gérmenes. Aguardamos durante el día- continuó ahora ya con el beneficio de mi atención- sin apenas darnos cuenta, a que se haga de noche , a que se apaguen las luces y el hambre. Aunque sea entonces cuando nos quedamos solos. Aunque sea en esa oscuridad cuando los deseos ya casi olvidados y la frustración de no tener nada nos asalta. Durante el día piensan nuestras tripas y, con suerte, la soledad se cuelga de una botella que agarramos como una madera que flota en este riachuelo que nos parece un mar salvaje. Sé que siempre hay alguien que tiene menos, que pasa más hambre y qué está más jodido. Eso el pobre lo sabe siempre, nunca pierde de vista ese horizonte, esa expectativa: más frio, más hambre, más dolor, más olvido, eso siempre es posible cuando se tiene tampoco. Sí, sí, ya lo sé, yo al menos tengo un empleo, debería estar agradecida. Pues no, no lo estoy. ¿Crees que puedo estarlo? me miraba enfurecida con los ojos inyectados en sangre ¿fregando la mierda de otros durante dieciséis horas al día, crees que puedo estar agradecida? Para mi , esta vida ha sido como tener los pies siempre en un pantano, sobre hectáreas de barro, que en realidad no lo es, que en realidad es mierda. He pasado la vida sobre parcelas de heces que se dividen por esta ciudad que aborrezco. Encima estaba siempre yo, con mi estropajo y estos guantes de goma, limpiando los rincones. He pasado la vida así…viendo como las cosas nunca me salían bien…mientras – yo lo sé- la otra mitad de la gente se reía de mi destino y de mi suerte, volaban en jets de costa a costa y se estiraban en hamacas con las uñas pintadas. ¿Sabes de lo que te hablo, verdad? Siempre supe que había una guerra entre nosotros, entre las dos mitades del mundo.Aunque a ellos se les de bien aparentar que no es así, que todo está bien, el conflicto está ahí. ¿Acaso creen que no nos damos cuenta? Mientras tanto, mientras eso ocurre… yo limpio vuestras heces, tú les cambias las sábanas y el imbécil de tu amigo- se refería a Walter que trabaja en la segunda planta y no es ni mucho menos mi amigo- les pone el postre en la mesa para que todo siga igual, la guerra continua. Puedes fingir tranquilamente que todo está en orden, que no hay ninguna lucha, pero el conflicto sigue, devastando a cañonazos los baños públicos, los hospitales, las casas de los pobres, arañando hasta el hueso, debajo de nuestra piel”
“Somos tan estúpidos, yo creo que es por la basura que nos dan a comer cuando aún no podemos aún ni gatear  que, encima con nuestros ahorros, compramos televisores en blanco y negro en los que poder ver los seriales, donde nos ofertan los jabones y otros remedios caseros, y las últimas oportunidades para que no pensemos en nada más que en comprar. Trabajamos de ocho a ocho y se nos cae la piel de las manos y de las rodillas y caemos rendidos al llegar a casa, con más hambre que ilusión, con el cuerpo hinchado y las manos sin tacto, de tanta lejía. La mitad de mi gente no encuentran trabajo, ni siquiera limpiando retretes como yo, las maldiciones les acechan, todo les sale mal, todo nos sale mal, maldita sea. Mientras, el curso de la vía láctea continua, se nos caen los dientes y tenemos que sonreír de lado, sin que merezca la pena, sin hacer mucho ruido nos atropellan en las esquinas los camiones de la basura o, morimos de una infección curable a los cuarenta y tres años, antes de que nos entierren en una fosa sin nombre, sin haber visto la raya del mar. Nada nos sale bien porque somos pobres como ratas… puede que con algo de suerte acabemos en un hospital como este, trabajando en el turno de noche” Al decir esto último sonrió sin disimular, enseñando el hueco que habían dejado dos de sus dientes al caerle, mirando primero la pequeña esfera de su reloj de plástico debajo del guante de goma, luego los pies descalzos del tipo que yo había entubado y después a mi. No creo ni que viese la hora ni a mi mismo , no creo que viese nada, estaba borracha.
“Los otros, la otra mitad, los ricos, esos no piensan en nada de todo eso que te acabo de contar- continúo hablando con la voz cada vez más amarga mientras me agarraba el brazo con su mano y con la otra limpiaba el orín- los otros cada día afrontan esa guerra silenciosa con el único objetivo de jodernos (esa fue la palabra que utilizó). Creen que así están en mejor posición para preservar lo suyo. Su dinero, sus joyas, sus casas llenas de esclavos domésticos están así más a salvo. Nos meten hasta la cintura en vecindarios podridos de droga o en las peores trincheras para que nos matemos entre nosotros; lo hacen sin pensarlo, no pueden hacer otra cosa, han nacido así, sienten de ese modo, se lo enseñan en esos colegios que parecen castillos cuando aún son niños de teta. Aún así, aún teniéndolo todo se quejan, maldicen y conjuran a los astros únicamente en su propio beneficio. Cuentan perlas, broches dorados, y nos miran desde arriba con un medido y disimulado desprecio. Es una guerra tan vieja como los planetas o las estrellas que nos observan, una guerra que dibujará mañana al nuevo día, como una pesadilla en miniatura concebida cada noche, antes de que amanezca, especialmente para nosotros, para los que somos ignorantes y no tenemos nada”
Con un gesto rápido, casi imperceptible, cambió en su mano la botella de cloro por una de vodka que yo antes no había advertido, lo hizo varias veces, rápida, acostumbrada a amagar el gesto. La maniobra la obligó a soltarme y yo aproveché para zafarme con más apuro que gloria. Ya desde fuera de la habitación, en el pasillo, cuando oí a lo lejos como dejaba de hablar, miré al cielo de reojo, a través de una pequeña ventana. No vi ni planetas ni estrellas. Nada, ahí afuera no había nada. Ni siquiera un mínimo signo de esa estruendosa guerra de la que ella me hablaba. Fue la última vez que la vi. Cuando la dama de la bata verde dejó de venir a limpiar los baños de la tercera planta del Hospital yo sentí una cierta falta, no quiero ahora negarlo. No le dije ni una palabra más, no tuve ocasión, tan sólo el seco adiós que de mis labios salió esa noche, antes de irme. Me alegro ahora de no haberla contrariado. No me gusta la polémica y no creo en la política. Yo no hago nada, sólo observo, reflexiono mientras barro y en la medida de mis posibilidades, como haría un ser enano atado al bolsillo de los pantalones de su infame dueño – que también se los baja para defecar en la tercera planta de algún hospital, allá entre las nubes- sueño con algo mejor. Todo es poco probable, lo sé… A veces, si tengo fuerzas tomo partido, me imagino pasando de un bando al otro o, simplemente me resigno, pienso que todo es un asco, que nada vale la pena si no tienes tripas para digerirlo. Otras veces salto, brinco o me despedazo de felicidad mirando las nubes, así me siento rico. Puedo permanecer entre las filas de esa media humanidad a la que no le falta de nada, sólo un breve instante hasta que dejo de pensarlo y la realidad de mis deudas me devuelven al bando contrario,  sólo un momento en mi imaginación. Pobre o rico que más me da, mientras pueda seguir teniendo la sensación de un destino personal. Y así voy, como si en realidad la vida no me estuviese ocurriendo a mí, como si yo sólo fuese otro mercenario sujeto a las leyes del mercado, a los mástiles de un navío, un apátrida que trabaja por apenas un sueldo, tal vez en busca de la redención o de un poco de silencio, no lo sé, que más me da… mientras pueda levantarme cada mañana y tragar todo estará bien. Al final siempre es bueno sentir el viento, la arena, el verde en la mañana, el frío, el sol o la lluvia bailando claqué en el cristal de mi cocina. Hace tiempo que soy incapaz de aspirar a más. El bien, el mal, la luz, la oscuridad, lo que hicieras con tu riqueza o con tu pobreza … esos juicios pertenecen sólo a los que esperan la muerte con una sonda en la nariz un doce de abril, entubados en la planta de un hospital con los pulmones encharcados, escuchando- tal vez- maldecir a una dama con guantes de goma que todo huele a mentiras y a lejía. Es el día que te juzgan y ese día tú sólo eres toda una mitad del mundo, los demás son siempre la otra mitad, los que te dejarán partir en paz, o no. Mientras eso ocurre, mientras llega mi doce de abril, camino al trote o arrastrando los pies, según me viene en gana, con más o menos magia a mi alrededor, intentando pagar las facturas aunque todo apeste a letrina cubierta de detergente, a estratagemas para que la explotación pase por benevolencia; esperando un pequeño milagro a cada rato, un guiño, una señal, cobijado en el silencio de mi habitación o en el colérico nudo de esta ciudad hostil, refugio de esos parásitos que nos explotan. En lo que a mi respecta, las dos únicas mitades de personas que me avengo a aceptar son las que formamos: yo por un lado y todos los demás por el otro. Yo en una parte silenciosa del mundo y los demás allí, detrás o dentro de la televisión, los balcones y los cruces de carretera. He heredado de mi padre su política. Sí, mi padre vivió en una anarquismo anómico como yo. Él me enseño la siguiente regla: en primer lugar yo, en segundo lugar yo y en tercer y cuarto lugar también yo. Los otros tal vez en quinto lugar. La otra mitad puede seguir su camino sin mi. No me interesan. Ser rico es tener que desaprovechar; es la obligación de tener que aparecer; es estar sentenciado, bajo pena de degradación, al lujo y al gasto. No quiero nada de eso para mi. Simplemente, no quiero.
Aunque nunca crucé mas que un seco adiós con la dama de la bata verde, ésta siempre me pareció una mujer hermosa que sabía hablar pese a su falta de educación, que se preguntaba a gritos donde estaba su tribu, qué se preguntaba que habría sido de ellos, porqué no la ayudaban, que se preguntaba qué habría sido de los que alguna vez la quisieron, en qué parte del camino la habían dejado atrás. Mientras se miraba las canas en el brillo de las porcelanas sucias del baño, cimbreante, delicada y frágil, moría un poco cada día, en la necesidad y frente a  mi deseo silencioso. Al parecer ese mismo día, antes de que acabase su turno, le dio un buen trago a la botella que no debía. La rápida maniobra le hizo equivocar botella y destino. El hipoclorito de sodio hizo el resto. Me dicen que ahora tiene el estómago y las tripas huecas, como la sonrisa de Walter, el enfermero indolente que me lo hizo saber y al que como a mi, la mayoría de las veces , nadie le importa nada. Por eso estoy algo triste hoy, por eso y por que los objetos y las personas que deseamos – como la propia vida- se escapan ante nosotros con una velocidad constante, en línea recta cuando no actúa sobre ellos un agente exterior, cuando la fatalidad, signo de nuestro tiempo, sigue su curso sin que a nadie parezca importarle. Al menos eso es lo que ella creía.

Un bien escaso

Publicado: enero 14, 2016 en Uncategorized

 

La primera vez que vieron al viejo Gary Becker abrir la boca nadie pensó que lo que hacía era eso mismo que él creía estar haciendo. El asunto, por insólito, circuló de boca a oreja por todo el hospital de ancianos de la calle Malthus. Todos lo sabían, hasta el último de los que allí pasaban sus días: el viejo Gary necesitaba más tiempo. Tanto era así que aquel pobre hombre había decidido vivir eternamente, estando de este modo, firmemente decidido a que para él no contasen los minutos. Hasta cierto punto eso es común a todos los mortales, todos necesitamos a veces que el reloj corra a nuestra conveniencia :  constante y fugaz al principio, más lento cuanto más cerca está nuestro final.

Pero el motivo que alarmó definitivamente a los médicos sobre la salud mental del viejo Becker, norteamericano de profesión, fue no sólo ese empeño, sino también la forma patológica que de ello derivó. Lo que levantó la admiración y el asombro fue que el anciano habia renunciado a toda pauta de alimentación u ocio y aún así seguía en pie. Simplemente paseaba dando dentelladas al aire, saltando, abriendo la boca e inhalando por ella algo imaginario, como si persiguiese el humo de los cigarrillos. Tratando de tragar algo que los demás no acertábamos a ver. Como un pescado fuera del río. Según él mismo decía, así ganaba tiempo, lo devoraba, lo deglutía. Como si quisiera de este modo amontonar arena en la parte de arriba de su reloj personal. Hasta aquí, si no fuese porque así habría llegado a conseguir todo su sustento, sólo un trastorno senil agudo. No obstante, de alguna manera, había conseguido engañar a la vida o a la muerte, según se mire.

Ingresó en fase terminal por metástasis un sábado tres de mayo de mil novecientos ochenta y seis. Ni siquiera los médicos más optimistas creyeron  que su vida llegase  más allá de dos semanas. Diecinueve noviembres después aún seguía con vida, abriéndose paso a bocanadas frente a las ventanas del hospital, en las corrientes de aire de los pasillos, o en cualquier otro pabellón que tuviese luz natural y no fuese el suyo. Según el propio Gary contaba a quién se parase a escucharle, el tiempo lo rodea todo y es además comestible, nutritivo, digerible, alimenticio. Cada mordisco dado al aire, cada bocanada significa un momento más que uno puede vivir. Una suma, otro instante, otra hoja del calendario caída. El tiempo, al menos el tiempo del que él disponía, lo envolvía todo : como el mar a los peces, el humo en los bares, o el cemento y el lodo a aquel vetusto hospital de la calle Malthus.

Yo me largué de allí a los pocos meses de haber llegado. Tenía prisa por salir hacía cualquier otro sitio- creo recordar que hacia el Sur-  como hago siempre que huyo hacia delante. No obstante, según me han dicho hace no demasiado , el viejo sigue en la vieja Varanasi abriendo la boca incluso estando dormido, ganándole a su manera la partida a la guadaña. Me han dicho también que no pocos pacientes, infortunados compañeros de él, practican la misma técnica y han aumentado su longevidad de forma milagrosa. Abriéndose paso en la vida a dentelladas, más o menos- entiéndame usted bien- como todos nosotros.

Recordar al viejo me ha hecho reflexionar, cosa que no siempre es de mi agrado. Cuando somos jóvenes, apegarnos a la vida no parece tener demasiado sentido. Caminamos por el frío  filo de la navaja, despreocupados. Si llegamos a la senectud nos ocurre todo lo contrario: no soltamos nada, andamos aferrados, enquistados en lo propio. Me he dado cuenta también de que, quizás por mi carácter que me hace no  ambicionar demasiado,  a veces yo también pierdo el tiempo contemplando, dejando pasar la vida sin más, contando las gotas que caen desde el grifo a la pileta, sin hacer nada más que eso. Mirando embobado como los rayos de luz de esta bombilla cortan la oscuridad de la habitación. Es cierto, no quiero ser importante, ni vivir para siempre, ni manejar esos herméticos trucos que me darían paso a la eternidad. Me gusta permitir, porqué iba a hacer lo contrario, que lo bello y lo limpio se ajen. Mientras indefectiblemente eso ocurre, sé que otros se desgastan las rodillas, con resignación o sin ni siquiera reparar en ello, amontonando granos en sus relojes de oro y arena. Ocupando, ante el asombro o quizás la más burda indiferencia, un pequeño espacio en el cajón de los prodigios, los desechos o los milagros. Como el viejo Gary , el cual no me cabe la menor duda, sigue aún allí, enjuto y arrugado ,entre lo efímero.

Después de todo, tal vez no sea tan malo abrir la bocaza, exhalar profundamente y dejarse ir. No contar ni un minuto más. Volver a donde sea que pertenezcas sin acumular más hazañas ni más logros. Sabernos caducos. Estuvo bien, durase lo que durase, punto final.

Una última duda

Publicado: octubre 27, 2015 en Uncategorized

La señora Lardish murió con los labios pintados de rojo carmesí. Quince días después de su ingreso nos dejó, se fue. Eso es perfectamente normal en un sitio donde los pacientes vienen precisamente a eso, a morir. Estamos, todos los que trabajamos aquí, acostumbrados a ello. No obstante, y por eso quiero recordarla en esta hoja, ella tenía una duda. Me imagino que no era la única duda que no le dio tiempo a resolver, pero esta me la hizo saber. Sabía que iba a morir, eso lo sabía, lo había aceptado pero dudaba de que ella tuviese alma. Tenía la creencia de que el alma no es un atributo que todos poseamos por el simple hecho de nacer. Pensaba que el cristianismo que ella profesaba- había asistido toda su vida a misas- la había engañado en ese sentido, haciéndole creer, que todos, cada uno de nosotros, tenemos un alma. No obstante, pese a ello, también creía que todos tenemos el potencial para desarrollar ese alma permanente. Pensaba que ese era el objetivo por el cual se nos otorga esta vida, para que desarrollemos un alma persistente y eterna. No todo el mundo lo hace. Las personas que pasan por la vida sin haberse ocupado de cultivar ese” núcleo “ de gravedad se van igual que han venido, sin enterarse. Ese era el pensamiento que no la dejaba apenas dormir en sus últimas horas de vida. Pese a ello, rechazó el servicio de un presbítero que le preparase para su encuentro con Dios.

Según lo veo yo , la señora Lardish era en ese punto extremadamente severa consigo misma. Desconozco el veredicto del juicio al que su creador debió someterla. No tengo ni idea de si pudo, durante la vida que en ese momento acabó, conquistar su preciado bien. Espero que así fuese. En cualquier caso, constato aquí dos hechos: el primero, que nada salió de su cuerpo en el momento del óbito. Que no hubo campanas etéreas de color azul que se desvanecieran sobre sus sábanas, ni trompetas tocadas por ángeles que sonasen al venir a recoger su espíritu, ningún hálito que yo pudiese observar, nada; el segundo, que varios días después soñé con ella. Se presentó en mi sueño con una apacible y hermosa sonrisa,  sin maquillar.

El hombre que nunca tuvo razón

Publicado: septiembre 12, 2015 en Uncategorized

No es fácil pelear. Sacudir el bastón y darse golpes contra los muros, contra los otros. Cuando uno llega a una cierta edad, la lucha resulta aún menos sencilla. Te duelen los pies, las rodillas, tu pelvis ya no tiene esa magia que tuvo, las costillas, las costillas encajan como botones en ojales demasiado anchos, los brazos pesan y tus golpes ya no tienen la misma fuerza. La cabeza, la cabeza es lo que de verdad importa, debe seguir firme, tener  claridad para decidir, aunque los músculos del cuello y las vértebras no la acompañen. Así, el otro verá que eres aún capaz de pensar, de hacerle daño aunque sea con la mirada. La vida es una lucha, compañero. Todos los días queremos más, más. Te acostumbras a morder, a aporrear, te aseguro que llegas acostumbrarte a eso. He pasado toda mi vida encajando y dando golpes. He tenido que defenderme y atacar.

De joven, cuando apenas era un niño, aprendí a encajar. Recogía las ostias de mi padre una a una. Las ordenaba en mi mente como se ordenan los tornillos, cada una en un separador diferente según su categoría. Te aseguro chaval que las recibí de todos tipos. Las recibía con la mano abierta, con el puño cerrado, en el costado mientras dormía. Llegué a recibirlas de manera mecánica, desprovisto de odio, sin resentimiento. Mi padre era un animal… pero yo lo quería. Cuando un tren arrollo a mi hermano, ese animal se volvió aún más salvaje. Un día casi me parte la espalda con sus propios brazos. Me escapé de milagro. Otro día me abrió la cabeza con una botella de Pisco que acababa de vaciar. Yo lo quería, me enseño a encajar. El hombre eso lo hizo bien.

En cuanto tuve ocasión, aprendí también a dar. Cuando fui  más mayor empecé  a repartir yo. Solucioné muchos problemas así. Es un lenguaje que todos los seres vivos entienden. No me arrepiento de ninguna de las palizas que di, ni siquiera a mis propios hijos. Era por su propio bien. A ella también la metía en cintura. Y eso que a ella no me gustaba levantarle la mano, ni siquiera cuando lo merecía. Ella era mi mujer, chaval. Hasta que se fue y se llevó a los niños, claro. La estuve buscando, la hubiese matado con mis propias manos. Pasaron años hasta que la idea de estrangularla abandonó por fin mi mente. A ningún hombre le gusta pegar a su mujer pero hay que hacerlo. No es fácil pelear. Cada día, cada día hay que repartir de una forma u otra. Siempre hay que estar con un pie en el ring, a punto para saltar a la lona, preparado para el combate…

Le dejé allí mismo con la palabra en la boca. Sentí miedo, luego me di cuenta de que ya era inofensivo y de que, además, yo soy el responsable de la seguridad de este sitio. Hubiese podido reducirlo con una sola mano. Pobre tipo despreciable, armado consigo mismo. Una bestia criada a base de tocino, patadas y huesos de vaca. Como  un perro sin jaula. Debió sentir mucho miedo  al enfrentarse a la muerte con sólo sus puños desnudos.

Me extrañó, cuando poco tiempo después murió ese salvaje, el hecho de que alguien viniese a recoger sus cosas al hospital. Pensé que alguien así debería haber acabo sus días solo. Le dimos los zapatos y la poca ropa que había dejado a una mujer mayor pero muy hermosa. Tenía los ojos tristes. Se le notaba que había estado llorando. Sin duda debió haberle querido. Con ella, esperando fuera, armando un escándalo que llamaba la atención de todos, sus dos hijos más pequeños jugaban a pegarse en la cabeza con una vieja raqueta de tenis. Se daban golpes fuertes, con despreocupada saña, como si fuese divertido. Afortunadamente nunca más volví a verlos. No obstante a ella, con su pequeño infierno ineludible, no me preguntes porqué, la llevo siempre en mi recuerdo.